5 Comments

  1. Nexum said:

    – ¡Papá, papá… mira lo que me he encontrado! ¡Una caracola! ¡Mira qué grande es! – venía corriendo la niña por la playa para enseñársela a su padre.
    En ese momento, él tenía la cámara enfocando a un velero, pero al ver cómo venía su hija, le disparó una instantánea a ella. Captó el momento en que llegaba toda contenta, con su cara ilusionada y feliz por el hallazgo.
    – ¡Mira, papá, la guardaremos y la pondremos en una estantería!
    La niña la examinaba, veía su oreja abierta, sus círculos estrechándose hasta la punta. La palpaba y la miraba hacia adentro
    – ¿Y no sale como hacen los caracoles cuando llueve? – preguntaba
    – No, hija, es sólo el caparazón, está hueca por dentro
    – ¿Por qué, papá?
    – Está muerta y el mar la arrojó a la playa
    – ¿Y por qué se ha muerto? – dijo con cierta tristeza
    ¿Cómo se lo explicaba a una niña como ella, después de verle aquella ilusión de amanecer con que la traía? ¿Cómo le hablaba de la muerte a sus años? Además, para ella aquel hallazgo suponía algo especial
    – ¿Y ya no saldrá más hacia afuera? – preguntó, cabizbaja
    – No, hija, está hueca. Sólo se oye el mar dentro de ella
    La niña la volvió a mirar ¿Cómo podía estar muerta si era tan bonita? Hubiera querido tenerla como el periquito de casa que le daba de comer y piaba o como la radio que se le daba a un botón y se oía o un disco que se pone y suena o como la luz que se enciende tocando un interruptor.
    – ¿Está muerta de verdad? – le preguntó también a su madre
    – Sí, mi niña, pero tú te la encontraste en la playa y la cogiste para que nadie la pisara. A lo mejor la caracola quiso que la guardaras tú.
    La niña la cogió con cuidado y la envolvió en un paño. En su casa la puso para que adornara la estantería de un mueble con muchos libros.
    Se acercaba a ella, la miraba en silencio, la tocaba suavemente, le metía sus pequeños dedos a ver si notaba algo por dentro, pero estaba hueca completamente.
    Leyó en un libro cómo eran las caracolas marinas, la vida que hacían y su tiempo de vida.
    – Todos los animales viven un tiempo, nada más – le decían sus padres – lo mismo que nosotros
    – Pero nosotros vamos al cielo – respondía ella – ¿y las caracolas dónde van?
    Ella se quedaba triste, haciéndose la pregunta más difícil de su vida
    – Las caracolas se mueren para siempre – le aseguraban
    La niña se fue a un rincón de la casa y se quedó pensando. Después bajó al jardín, envolvió su caracola y la enterró. Luego le puso sobre la tierra una cruz con dos palos cruzados y rezó al dios del mar. Le pidió que volviera a vivir.
    Aquella noche tuvo un sueño. Neptuno se le apareció:
    “Eres muy buena. Cuando crezcas, la voz y la profundidad del mar te acompañarán siempre. Y un día muy lejano, cuando te quedes hueca por dentro como la caracola, alguien rezará por ti y te llevará lejos para que conozcas otros mundos más azules, otros mares y otras estrellas, donde las cosas no se mueren ni se quedan huecas para siempre”
    Cuando la niña se despertó, sonrió de nuevo. Se fue a la playa y elevó los brazos. Su padre, al verla venir contenta hacia él, le hizo esta fotografía ¡Qué niña tan dulce y hermosa! ¡Seguro que las estrellas tienen su nombre escrito en alguna parte!

    5 julio, 2016
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  2. Nexum said:

    Reconozco que la primera vez que la vi, aquí en este blog, no sabía quién era. Me pareció una niña de pocos años que expresaba con dulzura e inocencia su alegría de vivir, toda feliz al parecer, con su familia en una playa. Me llamó la atención su vestido con aquel dibujo infantil y, sobre todo, su bonita sonrisa. A esos pocos años los niños, en general, tienen ese aspecto de despertar ante la vida: juguetones y ávidos en descubrir cosas y recorrer lugares.

    Leí el texto adjunto y aparecía la historia de un hecho acaecido hacía tiempo. Pero aquella niña parecía dirigirse a la cámara de una forma especial, como si se hubiera sentido descubierta o quisiera aparecer graciosa con algún gesto original.
    ¿Pero quién era ella? Sentí curiosidad, pero no tenía forma de saberlo. Era como una pequeña ventana donde asomaba un rostro humano incipiente, recién estrenado, con toda la belleza de una flor que despierta y asoma sus primeros pétalos. Aquella fotografía desprendía aroma. No sabría a qué compararla, pero hacía bien mirarla, produciendo un estado de bondad en el interior del alma ¡Qué orgullosos tenían que sentirse sus padres por tener una hija así!. Me hubiera gustado estar allí en aquel tiempo y haberla visto correr por la arena del mar. Quizá la hubiera parado, le hubiera preguntado algo por oír su voz. La voz es tan importante o más que la mirada. Es una vibración que brota de dentro, de cerca del corazón, aunque quizás ella, al verme y no conocerme, me hubiera mirado sólo y se hubiera ido junto a sus padres.

    Su nombre tenía que ser singular también. Una niña tan guapa tenía que tener un nombre que rimara con su cara. No podía tener ni erres ni pes ni tés tampoco, que hacen duro el nombre, sino letras más suaves que se pronuncian como una brisa que agrada y hace bien a la piel.
    No paraba de pensar en aquel rostro de niña buena con su breve melena al viento. Parecía venir o llegar corriendo de algún sitio. Quizá la habrían llamado y ella venía a ver qué querían. Yo también la hubiera llamado y le hubiera preguntado su nombre, que de dónde era, si en su ciudad había niñas tan simpáticas o sólo era ella así. Posiblemente no me hubiera sabido responder a esto último.

    Cerré la página de aquel blog y me quedé pensando en aquella niña que algo especial me decía con sus ojos, su tersa piel, su inevitable sonrisa, el pelo al aire y su vestido. Este último parecía confeccionado para ella exclusivamente, la hacía más muñeca, más linda y encantadora. Atraía la ternura que desprendía, después de ver tantos telediarios con malas noticias, corrupciones, estafas y más cosas por el estilo. Ella parecía una excepción, una estrella matutina que sale para decirnos lo hermosa que es la vida. Pero era una fotografía retrospectiva. Yo nunca podré hablar con esa criatura. Nunca podré oír de sus delicados labios un ¡hola! ni la veré sonreír y darme las gracias por regalarle un par de caramelos.

    Esa niña, hoy será una mujer ¿Conservará algo de aquellos años tan especiales? Quizá sí, o quizá la vida, como a todos, le habrá deshojado algún detalle que haya hecho que no muestre su rostro, que se esconda, apareciendo de una forma más discreta, más profunda y misteriosa. Pero estoy seguro que si hablara con ella, si la viera ya mujer, encontraría a esa misma niña en el fondo, esa pureza interior, esa bondad, a pesar de toda su experiencia, su cultura y madurez.

    O tal vez no, quizá no la encontrara ¿Quién sabe cómo somos realmente los seres humanos? Quizá hoy, ya mariposa, abandonó las formas de su infancia y hoy sea mucho más hermosa y buena todavía.

    8 julio, 2016
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  3. Nexum said:

    Bueno, quizá en este blog, que leerán no sé si muchos o pocos, se pregunten quién es Nexum, que escribe estas cosas en atención a los autores. Creo que cualquiera de los que leen y admiran los textos y fotografías que en él aparecen, podrían escribir algo que describiera la impresión que todo el contenido les produce. Estoy seguro que lo harían mucho mejor que yo y a mí me alegraría ver otros nombres que indudablemente lo enriquecerían con sus opiniones.

    Realmente Nexum no es nadie especial. Es un anónimo. Es alguien que puede ser joven o viejo, castellano o andaluz ¡Qué más dará? Todo lo más soy alguien a quien le gustan las cosas bien hechas y estas fotografías están muy bien y son oportunas respecto a los textos.
    Hay poesía y análisis bien complementados.
    Supongo, además, que hay muchos Nexum por ahí que admiran la belleza, pero se callan. Nada dicen. Yo no sé callarme ante ciertas cosas y esto puede ser un defecto. ¿Pero cómo no voy a decir nada ante una fotografía como la de Amapola 8? ¿No veis que habla por sí misma? ¿No lo veis? ¿Cómo, entonces, yo no iba a responder?

    8 julio, 2016
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  4. Nexum said:

    La fotografía de esta pequeña mujer, graciosa como ella sola, me recordó, por fin, a alguien. Estuve dándole vueltas a la cabeza durante bastante tiempo sobre quién podría ser. Sigo sin saberlo con seguridad porque parece la protagonista de un cuento de hadas de Walt Disney.
    Hace bastantes años conocí a una cantante profesional que vivía retirada en una antigua y espaciosa casa en plena Gran Vía de la ciudad. Yo solía ir a acompañarle al piano arias de ópera y diferentes piezas que a ella le gustaba recordar y cantar ante grupos de amigos con los que hacía reuniones musicales.
    Recuerdo que era una casa antigua, alfombrada, llena de cuadros al óleo, cortinajes amplios, techos altos de los que pendían lujosos aparatos de luz. Los muebles estaban cubiertos de tapetes de hilo bordados a mano y había espejos por todas las habitaciones con fotografías en blanco y negro de los antepasados por las repisas de las habitaciones. Y me acuerdo, precisamente, porque entre los adornos que posaban encima del piano: un cofre de plata, unas figurillas coloreadas de loza y partituras varias, había en un lado el retrato enmarcado de una niña como esta que aparece aquí y que trato de identificar.
    Le pregunté a aquella cantante entrada en años, mientras tocaba, que de quién era aquel retrato. Me dijo que era Andrea, su nieta, en un verano en no sé qué playa del norte. Me habló de ella que le tenía mucho cariño, pues la estuvo cuidando de jovencita, ya que sus padres, por motivos de trabajo, estaban fuera. Me contó cosas curiosas y hasta sorprendentes de ella, como si ésta tuviera poderes en las manos, pues siempre que se perdía algo, ella lo encontraba.
    Me fijé detenidamente en ella y tuve la sensación de que me miraba cuando tocaba el piano, que le agradaba lo que yo tocaba por el gesto que tenía en la foto. Le dediqué una breve pieza a aquella niña que no llegué a conocer porque creció, se hizo mayor y se fue a vivir a Francia. Me encantaba aquel retrato. Lo tenía siempre mirándome cuando me sentaba a tocar y una tarde se lo pedí a su abuela. Quería tenerlo en mi casa, no sé bien por qué, pero algo me inspiraba, me sugería, me predisponía a tocar de cierta manera – ¿Pero qué puede inspirar una niña? – quería saber su abuela. Yo le hablé de un pequeño baile de máscaras, de unas flores creciendo bajo la lluvia o un juego sonoro de mariposas. Pero su abuela no quería cedérmelo, ni que saliera de allí, pues decía que le daba suerte.
    – Si te inspira algo, escríbelo aquí, en mi casa – me decía ella
    – ¿Puedo hacerle una fotografía? – aún insistí
    – No, no quiero que salga de aquí de ningún modo
    Por eso estuve yendo mucho tiempo a aquella casa, asistiendo a las tertulias que celebraba, en tardes de café, donde se hablaba de arte y de espíritus, se comentaban libros y se leían versos. Y, mientras yo tocaba, miraba de vez en cuando a aquella sonrisa infantil que me transmitía belleza pura.
    Pasó el tiempo y aquella cantante murió. Los descendientes , al poco, limpiaron el piso, lo vaciaron, tirando muebles viejos, cortinas, cuadros e innumerables adornos. Lo arreglaron, cambiaron suelos, techos, iluminación, lo dejaron blanco y como nuevo y el piano lo regalaron a un convento de frailes. Sin embargo, aquel piso sigue hoy vacío, sin venderse. Me encontré una vez a unos de sus hijos y tuvo la atención de enseñármelo, ya que me conocía. Entré y estaba totalmente cambiado y, desde luego, el retrato de Andrea no estaba, como ninguno de sus muebles, cuadros y demás enseres. Me entristeció ver aquel piso tan bien pintado, con puertas nuevas y mosaicos por el suelo. Faltaba, para mí, lo más importante. No eran los aparatos de luz con cientos de lamparillas, ni los cortinajes bordados con hilos dorados ni las grandes vitrinas, llenas de delicada y pulcra vajilla, ni los libros, ni siquiera el piano con candelabros. Faltaba la sonrisa de aquella niña.
    ¡Ojalá hubiera podido hacerle una fotografía! Hoy la tendría encima de mi piano. Sé que mis amigos me hubieran preguntado que quién era. Les hubiera dicho que se llamaba Andrea y que vivía en Francia
    – ¿Y por qué lo tienes?
    – Es como un ángel ¿no lo veis? – les hubiera respondido – Hay gente que se guarda tornillos en los bolsillos porque les da suerte, pone candados en las barandillas de los puentes, lleva medallas o enciende velas a San Antonio. Yo, en cambio, conservo y guardo esta sonrisa, me da suerte, me ayuda de algún modo a ver la vida más hermosa.
    Pero la verdad es que aquel retrato desapareció de aquel piso y yo sólo conservo un recuerdo, su memoria.
    Era una niña como esta del blog, muy parecida. Las cosas hermosas siempre inspiran y ayudan a vivir
    ¡Gracias, seas quien seas!

    9 julio, 2016
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  5. Nexum said:

    – ¿Hay alguien aquí? – dijo, después de golpear ligeramente la puerta – ¿Hay alguien, por favor? – repitió, escuchando por ver si se oía algún ruido en el interior
    Pasó cerca una persona que vio cómo esperaba pacientemente aquel señor
    – ¿Por quién pregunta?
    – No, sólo quería saber si hay alguien dentro
    – No le responderán. No suelen responder, al menos
    – ¿A nadie?
    – Esto es un blog, señor, y aquí nadie responde
    – Pero hay gente dentro ¿no?
    – Sí, pero no insista
    – ¿Y por qué no responden?
    – Porque es un blog, señor
    – Yo he visto otros blog donde sí responden, opinan y dan las gracias amablemente cuando alguien participa
    – Pero aquí no. Yo también participé y nada
    – ¿Es que buscaba a alguien?
    – Di unas opiniones y quise conocerlos. Usted sí que busca ¿no es así?
    – Sí, pero si dice que no abren la puerta, me tendré que ir yo también
    – Haga lo que quiera, pero no le harán caso. Y, por cierto, ¿a quién buscaba usted?
    – A una niña
    – ¿Y qué quería?
    – Nada importante. Bueno, sí, conocerla personalmente. Es muy guapiña. Esperaba que al llamar, me abriría ella y me miraría sonriente, con su cara de buena y su vestido playero
    – Pues, no sé, los niños no son como las personas mayores que no contestan, ni dicen estar. Los niños son sinceros y entregan el corazón
    – Eso creía yo, pero ya veo que no abren
    – Inténtelo otra vez, por si acaso ¿No sabe cómo se llama la niña?
    – No. Pone Amapola 8, pero creo que ese no es su nombre verdadero
    – Quizá sea Amapola, sin más ¡Llámela a ver!
    – ¡Amapola, Amapola…! ¿Puedes abrir la puerta? ¡Quiero conocerte!
    El señor esperó, aplicó su oído en la puerta y le pareció oír algo difuso a lo lejos
    – ¿Hay alguien dentro? – insistió en voz alta
    – Ya le digo que yo un día me cansé de llamar y no conseguí nada
    – ¿Y por qué llamó usted?
    – Porque vi una publicación que me gustó mucho y quise darles mi enhorabuena y preguntarles si iban a seguir escribiendo sobre esos temas
    – O sea, que usted también los seguía ¿no?
    – Así es, pero me cansé porque no respondían y me fui a otro blog. Lo sentí porque lo hacían muy bien, pero como son personas adultas, no responden
    – Es una pena, pero yo creía que los niños sí respondían. Mire, he traído en la bolsa una pelota grande y unos caramelos de menta y de fresa para regalarle a esa niña. Tendría que abrir la puerta para podérselos dar. No sé qué estará haciendo. Es una guapura de cría, de verdad ¿no la ha visto usted?
    – No, ya le digo que me fui de ese blog hace tiempo
    – Pues no se vaya, señor. No le importe que no le respondan. Y, fíjese bien, que hay unas fotos estupendas y escriben cosas muy interesantes también
    – Ya, pero se agradece que contesten alguna vez, que se vea que han leído nuestras opiniones
    – Bueno, quizá las personas importantes sean así
    – Sí, lo más probable
    – En fin, me tendré que marchar sin haber conocido a esa chiquilla personalmente ¡Con la ilusión que me hacía verla sonreír y que me hiciera pasar! Me hubiera cogido los caramelos y la pelota y sé que me hubiera dado las gracias. ¡Tenía una cara tan bonica que daba gusto verla! ¡Si yo hubiera sido un niño, me hubiera hecho amigo de ella y hubiéramos jugado juntos todos los días
    – No se haga ilusiones, señor. Ya le digo que esto es un blog y…
    – Pues, nada, entre usted en él y vea la foto última publicada. Seguro que vendrá después y llamará a la puerta también ¡Se lo digo yo! ¡Inténtelo, quizá usted tenga más suerte y esa niña le abra la puerta!

    9 julio, 2016
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