Economía de la violencia

 

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Violencia, Hospitalidad

Violencia irreductible

Hospitalidad irreductible

goce, religiosidad del hombre

cuestión del ser, del deber ser

indecidibilidad.

Acto de locura.

One Comment

  1. Nexum said:

    UNA HISTORIA DISTINTA

    … Era una jaula preciosa, como un gran farol con rejas pintadas de blanco y con una gran cúpula en forma de sombrero. Tenía todo lo que suelen tener las grandes jaulas: columpios, palitos como si fueran ramas desnudas, cascabeles colgantes, comederos de alpiste y cañamones, bebederos y, en el suelo, una pequeña bañera de cristal. Estaba emplazada sobre un pequeño aparador en una terraza soleada donde crecía una hiedra por encima de unas grandes macetas con geranios, claveles, haciendo todo un pequeño jardín que Pipo veía desde su jaula como si fuera todo el mundo, su mundo alegre de sol, de brisa y de colores.

    Pipo era un canario dorado con estrías de fuego en sus alas y de líneas perfectas. Era joven, inquieto y saltarín. Danzaba con sus cabriolas desde sus columpios a las rejas de enfrente para volver luego a otra rama, dejando siempre en sus revuelos un incesante movimiento de vida, rozando los cascabelillos de vez en cuando.

    Pero, sobre todo, lo que llamaba la atención eran sus gorjeos, sus trinos, sus escalas vibrantes y potentes, ese repertorio suyo interminable de cantos solitarios, que él expresaba en el lenguaje más universal de la vida, el del instinto puro en forma de belleza. Cautivaba a todos los que le oían, especialmente a aquellos seres altos, habitantes de aquel piso y que con regularidad le ponían agua y comida, limpiándole también su casa de rejas blancas por donde discurría la brisa y entraba el sol.

    Cuando amanecía y por la mañanas, los primeros rayos acariciaban la espesura verde de aquella hiedra bordeada de flores, Pipo saludaba al sol y lo hacía como lo hacen todos los seres, como lo hacen también las flores con su aroma entre el rocío de sus pétalos.

    Pipo se preparaba en aquel escenario donde todas las flores y otras plantas parecían escucharle atentas, cautivadas por el misterio de su pequeña garganta. Parecía imposible que de un lugar tan reducido, brotasen aquellas escalas con sus subidas y bajadas, aquellos registros que a veces se quedaban perdidos o aislados en una sola nota inacabable que se iba abriendo como los pétalos de una flor y que descubría luego el secreto de unos arpegios increíbles, como un coro de pájaros desconocidos y que Pipo recordaba de la memoria de su raza.

    Sus cantos llegaban hasta los vecinos y los seres altos salían despacio a la terraza para no despistarle y poderle escuchar con atención…

    De vez en cuando, algunas palomas venían a picotear granos de alpiste y algún resto de bizcocho que caía de la jaula cuando Pipo comía. Allí, en aquella espaciosa terraza del último piso donde vivían unos seres amantes de la paz y de la música.

    Y un día de primavera, al poco de salir el sol, cuando Pipo se disponía a saludarlo, a preparar su garganta después de desperezarse y de planchar sus alas con el pico, vio de pronto que tras las rejas había otras rejas blancas también de otra jaula parecida, más pequeña quizá, con comederos y bebederos parecidos. Otra jaula a corta distancia de la suya y mirando más fijamente se sorprendió al ver un pajarillo blanco. Pero no, no era un pajarillo cualquiera. Reconoció enseguida el rasgo inconfundible de su raza.

    Era una canaria blanca, tímida y callada que se movía despacio y que se entretenía en los columpios. Pipo al ver a Lúa, que así se llamaba la canaria, quiso saludarla y acaparar su atención. Quería saber quién era. Pero Lúa no le miraba. Se limitaba a comer, a agarrarse a las rejas, volver a saltar, bajar al suelo, picotear nabina y cañamones y gorjear un poco. A Pipo le llamó la atención la caída de su pico y sus ojos serenos, indecisos, inocentes, el temblor de su plumaje blanco; sintiéndose extrañamente conmovido, pero de manera distinta a cuando veía el sol.

    Y Pipo sin querer asustarla, empezó a pavonearse intentando que Lúa se fijara en él, pero ella, o se hacía la distraída o prefería mirar a las flores de la terraza. Pero Pipo se dijo: ¡Va a saber quién soy yo!

    Y alargó su pico hacia el cielo, gorjeando un poco para calentar su garganta. Suavemente al principio, como entrando despacio, empezó a expandir su cuello. Eran sólo cuatro o cinco registros con los que jugaba, combinándolos y buscando variaciones. Luego, eligiendo uno de ellos, subía hacia tonos más altos. Después tomaba otro y abría el abanico, recorría como más teclas, cambiaba el ritmo, aceleraba hasta llegar a lo más alto, oscilando a veces para cambiar a otros registros, para descansar brevemente y tomar fuerza para la nota final, la más aguda, la más difícil y mantenerla allí todo el tiempo posible para así poder demostrar que él sabía hacerlo, que sabía transmitir la belleza de su raza como un regalo de la vida que se perpetúa de ser a ser…

    Pipo, después, descendiendo poco a poco y deteniéndose para tomar aire se volvió para mirar a Lúa y la vio medio asustada en un rincón de su jaula, sorprendida y cautivada, con ojos de haber reconocido algo… Algo secreto y oscuro que todos los seres saben reconocer cuando descubren parte de sí mismos en los demás… Y ella se sintió feliz interiormente, apoyada por un empuje especial que la vida le ofrecía.

    Aunque Lúa no sabía expresarlo, por lo que se limitó a saltar más jubilosa, a mirar curiosa por entre las rejas… Y así, de pronto, viéronse frente a frente los dos.

    Él calló porque la belleza de Lúa era más hermosa que sus propios cantos. El silencio de los ojos de Lúa era más expresivo que sus trinos y se quedó maravillado y pensativo.

    Y así, se sucedieron los días en que los seres altos iban y venían por la casa, regaban las macetas, ponían comida a los canarios y, ajenos a su mundo, a sus sensaciones propias, sólo preocupados de que Pipo cantara como siempre, alardeara y exhibiera su música, pensaron que si ponían en la misma jaula a los dos, podrían criar y tener más canarios cantores. Y así lo hicieron.

    Tomaron a Lúa y la pusieron con Pipo. Al verse los dos de frente se quedaron parados. ¿Qué pasaba? Pipo se acercó más, como intentando simpatizar con ella, como pidiendo que confiara en él. Al poco, rozaron sus picos y frotaron sus cabecitas, arrullándose en un idioma que los seres altos siempre desconocen, entre requiebros y mimos que sólo ellos entendían.

    Y Pipo dejó de cantar. Sólo vivía para ella y eso no gustó a los habitantes de la casa por lo que decidieron poner a Lúa aparte, fuera de la terraza, con su jaula colgada cerca de una ventana de la cocina. Pipo, entonces, mirando por las rejas, nervioso y sin comprender nada, quiso gritar, pero no sabía. No sabía protestar ni reclamar algo que le pertenecía. Entonces estirando su cuerpo, ahuecando su garganta y mirando hacia el cielo, levantando todo el peso de sus notas, lanzó un oleaje enloquecido de queja, clamando por Lúa con sus notas re vibrantes, más desgarradoras, más tensas, con los registros más expresivos, más desesperados… Y Lúa le oía desde la cocina, quieta y callada mientras sus ojos brillaban más de lo habitual, en aquella cocina sin la luz de aquellas macetas, de aquella espesa hiedra, sin sol y sin los trinos y arrullos de Pipo.

    … Y cayó enferma. Respiraba mal. Los humos no le sentaban bien y tuvieron que llevarla al veterinario que le dio unos polvillos para tomar disueltos en el agua.

    Pipo llevaba días que comía poco. Tropezaba a veces entre los cascabeles y calculaba mal las distancias de sus saltos. Sus cantos eran algo más extraños. A mitad de cantar se paraba. ¿Para qué cantar si Lúa no podía oírle? Los seres altos vivían ajenos a tales circunstancias, pero ya habían observado que Pipo no era el mismo de siempre.

    Hasta que un día insospechado, aquella terraza de flores y de sol se quedó silenciosa… porque una voz yacía de medio lado en el suelo de la jaula, con los ojos cerrados y las patas encogidas. Pipo murió de pena porque de amor también se muere aunque hoy ya nadie muere de esas cosas.

    Los seres altos lo cogieron con tristeza y lo envolvieron en un pañuelo, depositándolo en una pequeña caja de cartón. Uno de aquellos habitantes de la casa, el más andarín, se lo llevó a unos montes que conocía y al pie de un pino grande lo enterró, rezándole una oración al Dios de todas las cosas y de todos los pájaros, estos seres que llenan de belleza la vida con sus vuelos y cantos.

    Al cabo de unos días, cuando ya estuvo buena, pusieron a Lúa en la terraza otra vez y para que no extrañara nada, compraron antes un canario lo más parecido a Pipo, magnífico también aunque de plumaje más oscuro y de rayas pardas. Era algo mayor de tamaño, creyendo que por ello cantaría con más fuerza.

    Era Naro, que cuando vio a Lúa se alegró también, igual que Pipo, y lógicamente quiso cantarle. Calentó y movió registros y Lúa oyó de nuevo, sorprendida, algo familiar a su raza: hermosos recorridos, fraseos brillantes aun en los registros graves y con acentos quizá más sugestivos y sensuales… pero no era la voz de su poeta. Naro cantaba extraordinariamente. Tenía un raro poder de convicción. Los seres altos no apreciaron grandes diferencias, pero Lúa, sí. Había algo infinito en Pipo, algo irrepetible que llegaba al corazón de todos porque cantaba con amor, con amor a la vida, a las flores, al sol, a Lúa…

    Y los seres altos quisieron otra vez que Lúa criara. Naro la cortejaba. Sabía hacerlo. Era prudente, pero Lúa no acababa de encontrarse allí con él. Iba agarrándose de pared en pared. Saltaba esquivando los palos y, a veces, estropeándose alguna pluma por algún resbalón. Naro no la entendía y se quedaba quieto sin saber qué hacer.

    Y como los seres altos vieron día tras día que no criaban, los separaron para que Naro, al menos, cantara con su voz potente, sorpresiva, ondulante y atrevida.

    El verano pasó con sus mariposas, preparando semillas y nubarrones, acortando los días hasta que una mañana más fría de lo normal, al entrar a la terraza para limpiar las jaulas, los seres altos vieron a Lúa echada, como dormida de lado en el suelo brillante de la jaula con las patas encogidas, como no queriendo mirar a nada más que a Pipo.

    Con una gran tristeza, los seres altos creyeron que había muerto del asma que le produjeron los humos de la cocina, pero aquel andarín que se llevó a Pipo por los montes, sospechaba que aquello era otra cosa. La tomó, envolviéndola también con un pañuelo y dentro de una cajita de cartón se la llevó al pie del mismo árbol. Dejó allí aquellas dos cajas de cartón como dos jaulitas muy juntas y después de cubrirlas con tierra, rogó otra vez al Dios de todos los pájaros, al Dios del Amor, por aquellos dos seres, por aquella historia de amor distinta y que nadie conoce, como tantas historias que caminan por la tierra o en el firmamento y que no se publican, que el mundo desconoce, que cree que no existen, porque sólo se cree lo que dicen las noticias de los telediarios…

    Pero el mundo está lleno de historias. De historias distintas, reales y maravillosas por doquier, en lo grande y en lo más pequeño. Se encuentran hasta en los sitios más insospechados, lo que ocurre es que no trascienden, no porque no existan, sino porque quizá los seres altos tenemos poco tiempo para apreciar la belleza que nos rodea.

    20 agosto, 2016
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