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  1. Nexum said:

    EL NUDO

    No era alto, sólo medía 1,64 ms. de altura, pero era bastante obeso, pues la última vez que se pesó, la balanza marcó 128 kg, algo que no le importaba realmente, pues se encontraba bien, no le dolía nada y disfrutaba de las cosas normales de la vida, sin hacer excesos. Era llano y simpático con todos los vecinos de su barrio. No tenía deudas y vivía felizmente soltero en un piso de alquiler. La vida no le daba ningún problema a sus 45 años, para cumplir 46. ¿Pero cuándo se es completamente feliz? De hecho, cuando uno lo es, no se da cuenta bien de ello. Pero el pobre hombre dejó de ser feliz un día. Fue en una agradable mañana de verano que paseaba tranquilo por la calle y se cruzó con él una joven llamativa, excesivamente guapa en todo, tanto, que él no pudo evitar volverse y dedicarle un bonito piropo. Algo que ella oyó y se detuvo muy seria ante él

    – ¿Por qué no se mete donde yo le diga? – le soltó ella, sin más
    – Perdone, la he visto, así como va, y me ha salido espontáneamente y sin ninguna intención de molestarla
    – ¡Pues me ha molestado! ¡Y mucho!
    – ¡Oiga, si no le he dicho nada del otro mundo!
    – ¡Usted ha violado mi espacio personal con unas palabras que no proceden en absoluto!
    – Pues no se vista así, tan provocativamente. Llama usted demasiado la atención
    – ¿Y a usted qué le importa cómo voy vestida?
    – Cuando va así por la calle, me imagino que será para que la vean o la admiren, supongo yo
    – Pues supone usted muy mal. Voy así porque me gusta y no tiene usted por qué volverse para mirarme el culo
    – Oiga que yo no…
    – Sí, me he dado cuenta y eso es una ofensa. Si hay algo que no tolero es eso, que me miren ahí
    – Mire, sólo le he dirigido un piropo a su manera de andar
    – Sí, a cómo muevo las caderas ¿no?
    – Le repito que no la he querido molestar ni ofenderla. Sólo le he dicho “Pisa morena, pisa con garbo…” como decía aquella antigua canción que cantaba Sara Montiel
    – Pues me parece de muy mal gusto y usted es un fresco y un sinvergüenza.
    – ¡Señorita, ahora la que me ofende es usted!
    – Porque se lo merece, dado su atrevimiento ¿Qué se cree, que puede ir por la calle así, acosando a las mujeres?
    – Yo no la he acosado, ni siquiera la he seguido. Sólo me he vuelto porque me ha parecido usted muy guapa. Ha sido como un reflejo instintivo, inevitable
    – ¿Pero qué se cree que somos las mujeres? ¿Objetos de un escaparate? ¡Somos personas que nos merecemos un respeto!
    – No creo habérselo faltado
    – ¿No? ¿Quién se ha creído que es usted?
    – Oiga, se está usted pasando conmigo
    – Usted es el primero que lo ha hecho. Yo no me he metido con usted. Y si no se disculpa conmigo de verdad, llamaré ahora mismo a la policía
    – Señorita, han sido dos palabras de admiración. No creo que haya que pedir perdón por eso
    Ella sacó el móvil de su bolso y marcó el número de la policía. Nuestro amigo, al verlo, trató de marcharse rápidamente, pues no quería problemas
    – ¡No se vaya, no huya como un cobarde! Además, si se va, si tiene miedo, es porque se sabe culpable. ¡Policía! – dijo ella al contactarla con su móvil
    – Sí, dígame – contestó al otro lado
    – Mire, estoy aquí en la calle con un indecente que me ha insultado al pasar por su lado. Le he llamado la atención, pero él persiste en sus trece. Es un cara dura que me ha mirado de mala manera y no tiene la hombría de disculparse ¡Ya no se va a poder ir tranquila por la calle! ¡Por favor, vengan porque este individuo se las trae!
    – ¿Pero, le ha hecho algún daño físico? ¿Le ha puesto las manos encima?
    – Como si lo hubiera hecho. Ha tenido unas palabras improcedentes conmigo y encima se ha vuelto para verme el culo ¿Le parece poco?
    – ¿Y ese individuo permanece ahí?
    – Sí, se quería escapar cuando les he llamado a ustedes, pero la gente, al oírme alterada, ha venido a ver lo que pasaba y no lo ha dejado marchar
    – Un momento, que ahora vamos.
    A los pocos minutos, la sirena de un coche de la policía se dejó oír
    – Oiga, señorita – se indignó el hombre – ¿pero usted está bien de la cabeza? ¡Llamar a la policía por una tontería!
    – ¿Una tontería? ¡Usted me ha desnudado con la mirada!
    – ¡Por favor! ¡No sabe lo que dice!
    – Claro que lo sé y he visto la forma laminera cómo me ha mirado
    – Oiga, el otro día, a una señora mayor, le dije una gracia parecida por la calle, cuando le cedí el paso y ella me sonrió y no pasó absolutamente nada
    – ¡No, si ya se ve cómo es usted! ¡Un salido!

    La policía se acercó con el consiguiente grupo de curiosos alrededor
    – ¿Qué ocurre? – dijo uno de los agentes
    – ¡Este señor, que no tiene vergüenza!
    – Señor agente, yo iba tranquilo por la calle, cuando ha pasado esta joven y tal como va vestida, con esa melena y ese andar, se me han ido los ojos y le he dicho un piropo normal. Nada más
    – Señor, policía, yo tengo mi sensibilidad, mi intimidad y el derecho inalienable a que se me respete y este señor me ha mirado con indecencia, con evidente deseo machista
    – ¿La ha tocado a usted, la ha rozado en su propio cuerpo?
    – No, pero se le veía la intención en sus ojos saltones
    – ¡Pero qué intención ni ocho cuartos! Es que – disculpe, señor policía – ¿no ve lo buena que está? Yo no tengo la culpa de que me gusten las mujeres. Sólo me he vuelto a verla
    – Sí, a mirar ¿el qué? ¡Dígalo claramente!
    – Su tipo, señorita. Es admirable, algo que no se corresponde con su carácter
    – ¿Quiere poner alguna denuncia? – le sugirió el policía a ella
    – Sí, señor
    – Tendrá que venir a comisaría y le tomaremos declaración

    El policía tomó los datos de aquel señor y ella se subió al coche con ellos. En comisaría, y sentada frente a un agente que escribía en el ordenador, ella detalló minuciosamente cómo sucedió todo. Ratificó el descaro de aquel señor que, sin conocerlo de nada, se atrevió a dirigirle unas palabras que hirieron su dignidad por impropias y fuera de lugar. Ella repitió textualmente aquellas palabras a petición del agente y expresó que se tenían que endurecer las leyes contra los que ofenden la dignidad de una mujer; que los maltratadores, los que seducen con engañosas palabras, debían ir a prisión y no tener ningún permiso carcelario. El agente le volvió a preguntar si sólo había sido “Pisa morena, pisa con garbo…”
    – ¿Y le parece poco? – saltó ella, ofendida todavía – ¡Eso es cachondeo y burla!
    – ¿Por dónde iba usted en ese momento? – siguió preguntando el agente
    – Tranquilamente por la calle a casa de un familiar. Fue cuando vi pasar a un hombre gordo con los ojos saltones como un besugo, mirándome con apetito sensual. Me sentí desnuda ¡Fue horrible! Yo seguí adelante sin querer verlo más
    – ¿Pero ese señor se acercó a usted, poniéndole las manos encima?
    – No, es que si llega hacerlo, le arreo una somanta que lo tiro al suelo ¡No me conoce usted!
    – Entonces ¿fueron sólo palabras?
    – Sí, señor, eso también es violencia y por tanto requiere cárcel
    – Eso lo decidirá el juez del juzgado de instrucción correspondiente

    Después de tomarle declaración, firmó y le dieron una copia del acta. Le dijo que en una semana recibiría una citación judicial
    – ¿Y a ese señor lo dejan suelto por la calle?
    – De momento no hay razón para detenerlo. Tenemos sus datos y se le citará a juicio también, si es que ha habido delito
    – ¡Pero se puede meter con niñas inocentes, acorralarlas y desconcertarlas con piropos groseros! ¿No se da cuenta? Tenían que hacer algo. Es un peligro que vayan hombres sueltos así, a la caza del sexo débil
    – No se preocupe. Yo creo que no va a pasar nada. Quizá sólo sean sus temores
    – ¡Temores fundados, oiga! ¡Estoy reclamando justicia! ¡Cuántas mujeres denuncian y por no hacer caso ustedes, luego aparecen muertas cualquier día! ¡Escribiré un artículo en el periódico, advirtiendo a la ciudadanía sobre un peligro real que la policía se niega a intervenir!
    – Estamos interviniendo, señorita. Es el juez quien debe decidir sobre la gravedad del caso que usted presenta
    – ¡Haré carteles para que los pongan en todos los escaparates, en los colegios, en…!
    – Cuide, no se pase, que él puede denunciarle a usted por difamación
    – ¿A mí? ¿Yo, que soy la perjudicada?
    Sin decir más, se levantó aquella atractiva joven y todos los agentes se la quedaron mirando en silencio.

    Por otra parte, aquel buen hombre que salió tan felizmente aquella mañana a pasear, después de aquel hecho se volvió todo preocupado a su casa, pensando si aquella mujer estaría bien de la cabeza por esa forma tan exagerada que tuvo de reaccionar. A partir de entonces tuvo más cuidado con la gente. Era un hombre casi ingenuo, incapaz de hacer el menor daño, siempre amable y sonriente con todos. Cuando veía a alguna señora cargada con el bolso de la compra, él se prestaba a llevárselo. Cedía el paso a los coches en los pasos de cebra y sentía la vida con alegría infantil. Sólo una vez la policía le llamó la atención cuando le vio que cogía un par de flores del jardín de un parque. Las vio tan hermosas que no pudo resistirse

    Y la semana pasó y se iba a celebrar el juicio contra él. Lo encajó mal, lo veía injusto y desproporcionado. Estaba nervioso y se tuvo que tomar un tranquilizante. Sudaba y lo primero que hizo al entrar en la sala del juzgado fue pedir perdón a todo el mundo. Las intervenciones del fiscal fueron duras, atribuyendo alevosía a aquellas palabras y citando un artículo del código penal que condenaba el hecho. El abogado defensor expuso que ni le había rozado un centímetro de su piel y que, aquellas palabras, ninguna mujer normal les hubiera dado importancia
    – Pero hay palabras que hieren y dañan mucho más que un simple roce, señoría – intervenía el fiscal – sobre todo aquellas que atacan el honor y la dignidad de una persona
    El hombre casi lloraba. No entendía por qué decirle a una chica por la calle “Pisa morena, pisa con garbo…” constituían un delito tan grande. Cuando le preguntaron dijo que ella llevaba una falda cortísima, que hacía aire y que a veces se le levantaba hacia arriba. Él no pudo evitar volverse y admirar aquella figura que tan hermosa le pareció
    – ¿Lo ve, señor juez? – saltó la joven de su asiento – ¡eso es una indecencia!
    La hicieron callar, no esa, sino todas las veces que interrumpió las intervenciones de los magistrados. Al final se dictó la sentencia. Al pobre acusado le temblaban las manos, sudaba y repetía que él no había hecho nada. Cuando se puso en pie para oír la sentencia, en medio de dos guardias, no parecía entender el leguaje técnico que empleaban hasta que oyó la palabra “horca” ¡Le condenaban a la horca! ¿Era posible? Al poco, se le doblaron las piernas y se derrumbó en el suelo. La mujer alzó las manos diciendo ¡Viva! dando las gracias por haber hecho justicia.

    Y para que sirviera de lección a la sociedad, se levantó un patíbulo en medio de una plaza. Iba a ser un castigo ejemplar para que nadie se atreviera a insultar a las mujeres por la calle. La plaza estaba completamente llena de mujeres esperando ver la ejecución. Por fin la justicia actuaba correctamente, después de ver tantos casos de corrupciones, robos y desapariciones en que nunca pasaba nada. Allí estaban grupos feministas con carteles levantados, representantes de la Casa de la mujer, la asociación Clara Campoamor y conferenciantes que habían tratado el tema de la violencia machista. Se oían voces a coro diciendo: ¡Machismo fuera, maltratadores a la cárcel! Varias chicas del grupo Femen con los pechos al aire y tatuados gritaban también. Por las ventanas de los edificios circundantes se veían algunos hombres, medio escondidos ante aquel desagradable espectáculo.

    Al reo lo llevaron con las manos atadas atrás. Subió hasta una plataforma de madera, colocándose de pie encima de la trampilla que se abriría para que su cuerpo cayera hacia el fondo, colgado del nudo que le arrollaría el cuello. Poco antes de la ejecución subió un sacerdote a confesarle
    – ¿Quieres confesión, hijo mío?
    – ¡Padre, yo no he hecho nada, de verdad! ¡Esto es una injusticia!
    Toda la gente en la plaza gritaba que lo ahorcaran ya y que se fuera el cura de allí
    – ¿Te arrepientes de tus pecados?
    – Padre, yo no he dicho más que “Pisa morena, pisa con garbo”
    – Pero has deseado a una mujer y eso es pecado
    – No, sólo la he admirado cómo iba vestida
    – Es más o menos lo mismo. Si te arrepientes, irás al cielo
    – ¿Y qué es el cielo, padre?
    – Un lugar maravilloso donde verás mujeres muy hermosas que les podrás decir todos los piropos del mundo y ellas te sonreirán y no te denunciarán
    – ¡Pero yo no quiero morir!
    – Son las leyes de los hombres que te condenan, pero Dios perdona siempre, hijo mío

    Cuando el sacerdote bajó, el verdugo le colocó un capuchón de tela negra en la cabeza y le rodeó al cuello el nudo corredizo que pendía en el extremo de la cuerda. Estaba de pie sobre la trampilla que a la orden de un juez abrirían. Pero la gente quería que le quitaran el capuchón para verle morir, querían ver cómo se retorcía agónico colgado de aquella cuerda. Realmente aquello parecía una plaza de toros, pendiente de la última suerte del toro. Era un espectáculo que hacía muchos años no se veía porque las leyes se habían reblandecido demasiado. A partir de entonces, ya nadie echaría piropos a una mujer por la calle, se acabarían todos esos machistas orgullosos que se creen que la mujer es un objeto estético al que admirar

    Cuando se dio la orden, los 128 pesados kilos de aquel buen hombre que no había hecho nada malo, según él, se hundieron dentro del hueco de aquella madera y, del enorme tirón de su cuello, se resquebrajaron los maderos del patíbulo, quedando el cabo de la cuerda roto y colgando. A pesar de todo, la gente daba gritos de victoria y aplaudía hasta que las voces se fueron alejando y alejando cada vez más…

    Nuestro amigo, y digo amigo porque era una buena persona de verdad, al poco rato, abrió los ojos asustado sin saber dónde estaba. Giró el cuello y vio su mesilla de noche; enfrente, el armario de la ropa. Por la ventana entraba algo de luz. Estaba amaneciendo. Entonces, se incorporó de la cama, todavía sudando. Se restregó los ojos y resopló: ¡Vaya sueño que he tenido! Respiró hondo, se levantó y se miró en el espejo del baño por ver si tenía alguna marca roja en el cuello producida por aquel nudo corredizo que lo había ahorcado. Aún parecía que oía los gritos de la gente en aquella plaza llena de carteles de condena y reivindicaciones. Se vistió pensativo y desayunó. Después salió a dar una vuelta por airearse.

    Era una agradable mañana de verano, soleada y con un ligero vientecillo que hacía agradable el caminar. Salió de casa para olvidarse de aquel sueño terrible. Fue andando hasta llegar a un parque donde el murmullo de los surtidores de las fuentes relajaba la mente. Siguió por un paseo todo rodeado de álamos y cipreses. Había personas mayores sentadas por los bancos a la sombra y algunos niños jugaban con la tierra. De pronto, se fijó enfrente que venía una joven hacia él. Se quedó parado porque vio que era muy parecida a la del sueño. Cerca ya, ella le sonrió al pasar. Él no pudo evitarlo y lo hizo igualmente, incluso se volvió porque era una preciosidad de chica. Sin importarle lo que pudiera ella pensar, le dirigió un piropo. Entonces vio que ella se volvía también hacia él para sonreírle de nuevo y darle las gracias. Él se quedó allí, quieto, mirándola, observando cómo se alejaba bajo los árboles ¡Qué maravilla! Tras aquel encuentro, se miró luego las manos y se tocó la cara, acordándose de lo que en el sueño le dijo aquel cura, pues no sabía si realmente estaba vivo o, más bien, se había muerto de verdad y se encontraba en el cielo…

    20 agosto, 2016
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